Marcita Libertad es una bruja. La vas a querer, adorar y como todos los que queremos y adoramos a las brujas, también mientras la leas vas a querer usar un hechizo contra ella. Un que te re contra. Welcome to the jungle entonces.



lunes, 28 de febrero de 2011

OJOS PUROS



Kika era puro ojos. Puro ojos porque tiene ojotes del tamaño de almendras transgénicas. Puro ojos porque no podía intensificar más la mirada. Porque supongo que estaba algo perdida y quería encontrarse a sí misma en un mundo nuevo por un instante.

Primer día de escuela nueva en primer grado es una hazaña. Me acuerdo perfecto del mar de sensaciones que me recorrió aquella vez. Medía poco más de un metro, si llegaba al metro, o sea, casi una insignificancia. Tenía dos colitas porque para mi mamá ser una nena de primer grado era básicamente portar prolijas coletas. Y la valija que me habían regalado los reyes era un espanto pero para mí era el último grito de la moda. Y me pesaba ... joder, pesaba casi como la mitad de mi escaso metro.

El patio era el mismísimo mundo, era gigante, había columnas, había mosaicos, había piso, había cielo, había patio cubierto, había cientos de niñas enfundadas en el clásico yumper gris. El único dato que tenía era que mi hermana iba a esa escuela, pero detalle, mi hermana iba a otro turno de esa escuela y a otro nivel. Así que estaba sola.

Hasta que apareció la señoritabibiana, bibianaconblarga. Y la vi tan perdida como yo porque nos contó que también era su primer día en esa escuela gigante y era su primer día como maestra de primer grado. Y nos asignó un asiento, y pude ver el pizarrón y que ella dibujaba un sol porque el día era soleado y miré a mis alrededores y vi la misma perplejidad de la mía. Esa mirada entre nebulosa y precisa con la que una se come el mundo y los instantes, algunas veces.

Kika era puro ojos y tenía la misma destreza de las lechuzas que hacen el giro de 360 grados. Aunque es alta y esbelta, también su mochila última moda le pesaba una tonelada. Su maestra es mucho más confiada que la señoritabibiana. Su aula tiene muchos colores y creo que el sol los ilumina de a ratos. Y no tiene que usar esos yumper a prueba de deseos pero va a tener que lidiar más de una mañana con los cortos azul francia.

Sin embargo Kika, con esa mirada a prueba de desafíos seguro que en una semana te aprendes el nombre de los niños y niñas de primerosegundoytercero, el de sus padres y respectivas mascotas. Y con esos ojotes, hasta la mismísima directora se va acordar de tu nombre raro. Y la maestra no va a poder dejar de mirarte. Porque esos ojos a prueba de mundos nuevos son tan tuyos, son tan de infancia, son tan primeros.

sábado, 30 de octubre de 2010

La militancia




Alguna vez fui chica y alguna vez fui joven, y seguramente lo sigo siendo. En mi vida de chica y en mi vida de joven, la militancia ha sido un halo con el que me levanté cada mañana y con el que a veces, nunca llegué a irme a dormir. Debo confesar, que cuando tenía que ir a visitar a mis padres a la unidad básica barrial, el hecho me generaba un profundo malestar. No por los cuadros colgados allí, ni por las ideas, sino por los tiempos ausentes. Pero ahí, en un rinconcito, mientras ellos conversaban o hacían, la cosa empezaba a tener sentido.

Una se cría con juguetes, con anécdotas, con palabras, con tradiciones, con rezos, con retos, con llantos y risas, hasta nuevos llantos. Yo además de todo eso, me crié con la militancia. Quizás porque una de mis primeras anécdotas familiares se remonta a cuando tenía dos o tres meses y me convertí en espectadora estoica del funeral del general.

Quiero ser justa y sincera, de niña fui una enérgica niña peronista. Pero llegó un día en el que el mundo me sacudió el barrio, el provincialismo y el libraco de conducción política -que casualmente redescubrí hace dos años- el peronismo aquel casi infantil, a mí, como que ... ni modo. Por un rato. Y en ese ni modo por un rato me alejé de todo y de todos y descubrí mis propios rituales, me hice de mi propia cultura política. Y fue ese camino el que me hizo atravesar la mismísima sierra maestra y ahí, en la comandancia del cheíto se detuvo otro rato, como buen peregrino.

Si tuviera que elegir una palabra para definirme, quizás de manera arbitraria, como le decía a Mirandita, hoy elegiría la de militante. No sé cómo se hace una militante, no sé si se nace, se forma, se educa. Y entre los militantes les diría que no hablo de cualquier militante. A mí, la cuestión sobre lo que está bien o lo que está mal, lo justo y lo injusto, lo equitativo o lo inequitativo, la política me define, me atraviesa, me contornea y me sumerge.

No es fácil la militancia, no es una remera simpática ni un poster, más de una vez te quedás pagando, a veces es complicado entender los tiempos, los tiempos en los que se pueden tomar o no decisiones, las posiciones, las lealtades y las deslealtades. Es jodido equivocarse, es jodido no poder transformar y concretar lo que se desea en el mismísimo momento en el que una lo desea.

Pero cien mil veces, vale la pena. Como una luna llena, un mar abierto, un beso robado, la risa de la hija, las manos caladas de historia de la abuela. Los sueños siempre valen la pena. Valen la pena a pesar de los matices, de los sapos, del futuro que no llega, del suelo pantanoso y los mosquitos. Vale la política y una tiene que ser agradecida con quién de manera rara, porque era una rara avis, desde el barro y con una cuota interesante de locura nos volvió habilitar esa escena.

jueves, 14 de octubre de 2010

Blackbird singing in the dead of night


No soy fan de los beatles, sin embargo fui a Liverpool en alguna de mis vidas y debo confesar que sus rastros me inspiraron respeto. Liverpool es un lugar lleno de sombras, de recuerdos, de english working class y no precisamente de white collar. Cuentan las buenas lenguas que a algunas personas el fantasma de john se les aparece cuando visitan el museo de los muchachos. No fue mi caso, triste …, porque recorrí el museo solita, así que perfectamente se me podía haber apersonado el fantasma amigable. Algunos especifican que el fantasma se les aparece a los cantantes, pero claro, no es mi caso, tengo la afinación de Sid Vicious cuando entona a mi manera. De todas maneras, triste, se podría haber apiadado de que llegué con mi mochila hasta ahí, de pura chusma.

Como fue en otra vida, no me acuerdo demasiado de este viaje pero si guardé en mi cabeza un par de instantáneas que paso a relatar: cuando me perdí en cementerio medieval en las proximidades de la catedral, la mismísima catedral que le dijo a paul que no podía entrar en el coro porque lo suyo no era el canto, las calles sanisidrenses que me llevaron a strawberry field –lugar mágico, lugar perdido, lugar extraño-, el cartel que se supone que decía “penny lane” que nunca encontré aunque caminé como tres veces la calle de arriba abajo, la calle lateral al puerto, su entorno muy años cuarenta, muy desolado y el piano blanco de john.


En esta vida, quizás más compleja que mi aquella vida, hoy me acordé de los gurrumines de Liverpool. La excusa fue un tema, un temón, blackbird, que no es ni blackberry, ni blackjack. Es sobre un pájaro negro, único, que espera una vida el instante preciso para volar. Digamos que, aunque se supone que todos los pájaros vuelan, que un pájaro vuele merece mi admiración. Ese pájaro no es un primo de juansalvadorgaviota, no es un pájaro new age, ese pájaro vuela hacia lo más oscuro de la noche.


Últimamente no he conocido a tantas personas a las que les interese remontar vuelo. Casi todo lo contrario, este año me topé con mucho movimiento rastrero. Pero en fin, me olvido de los Smigol, esta noche -que es extra rara- reivindico a los mirlos oscuros que vuelan con alas rotas y ojos hundidos, hacia el infinito y más allá.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Mi película favorita


Me pregunté a mi misma a ver … cuál es tu película favorita, cuál, en toda la historia moderna del cine y me puse en aprietes. Me dije, a ver, arriesga, que de eso se trata a veces la vida, de formularse preguntas sin demasiado sentido y tener la libertad plena de responderlas. Libertad plena, compleja sensación para alguien que fue criado por una progenitora que se llama exactamente así: libertad. Entonces me la juego, de guapita y me digo In weiter ferne, so nah! Y con eso no me digo mucho, apenas quizás que desde ese momento me había prometido estudiar alemán y nunca lo hice y que por enésima vez lo voy a planificar para mi próximo febrero. In weiter entonces, para la muchachada criolla tan lejos, tan cerca. Mi peli favorita, peli alemana gigante, porque Wenders más acá y más allá de Buenavista y su perspectiva políticamente correcta de la vida es gigante. Porque esa peli me hizo ver que las noches y los días están cargadas de ángeles y de gente que trafica con armas y que todo esto puede habitar en el mismo vecindario. Y opto por esa peli, porque Cassiel mi Cassiel, porque es mío en algún lugar, es mi personaje de ficción preferido, aunque termine estacado en esa barcaza sin demasiada dirección, sin viento ni sol. Así que, si tuviera que contestar uno de esos formularios Proust diría que mi obra favorita es la de arriba y el tipejo de ficción en la historia, el angelote que quería ser humano para saber de que se trataba ese último aliento cuando uno partía, y para comprender cuáles eran los sentidos de tantos susurros.

Quizás los noventa eran un escenario ideal para recuperar ángeles, quizás siempre lo sea, no sé demasiado, pero como verán compré la historia de cabo a rabo. Porque tener un angelo bonachón cerca resulta vital.

jueves, 2 de septiembre de 2010

El gran Bono y Esther la estilista


Estoy un tanto colapsada, hartada, cansada, mareada y podría continuar con un número significativo de adas. Digamos, que esta climatología invernal, ya a destiempo, no ayuda demasiado. Solo entusiasma a los meteorólogos que, sí amigos! por una vez la pegaron con su pronóstico piedra de cinco días continuados de lluvia.

En medio de este trance iban mi cuerpo y mi almita, en una combi, de las “autorizadas”, desde el conurbano profundo hacia mi hogar cálido. Los viajes siempre tienen algo especial si uno los vive como viajes, sean viajes desde el conurbano, sean viajes con mochila a cuestas, en fin. No me disperso, en ese viajecito conurbanero me despabiló un muchacho desde ignota fm local con un himno que hace mucho cantaba y que por mi parte, hace mucho no oía. El solía ser, allá por los 80, un chico rebelde, con cresta incipiente, chupín oscuro y actitud, sobre todo actitud. Les hablo amiguines del gran Bono, del Bono de ese recital histórico entre las rocas, que cantaba con virulencia y teatralidad justa, el Sunday bloody Sunday.
Debo decir que aquel porte me esclareció en algunas aspectos, en primer lugar, yo no tenía ni idea de que represión me hablaba, pero ante la primera imagen, me di cuenta de que tenía que solidarizarme con su madre irlanda. De todas maneras, aclaro que la perorata no va por este costado políticamente correcto, va por algo que algunos podrán considerar menor pero que no lo es. El posteo chiquis va por el costado estilístico. Y no les hablo de teoría estética, les hablo de estherestilista, la estilista de mi mamá.

Dije recién que Bono me esclareció políticamente pero la luz, la luz verdadera se me hizo cuando vi su corte de pelo: moderno, al viento, práctico, rebelde. Después de esta iluminación profana y con doce añitos me dije frente al espejo: yo quiero tener el mismo corte de Bono.

Hasta ese momento me peinaban cual lady del conurbano norte: prolija, femenina, conservadora. Siempre tuve el pelo lacio-mega lacio y una cantidad a prueba de radiaciones nucleares. En fin, como quería el corte de Bono, le pedí a mi mamá que me llevara a la peluquería. Mi progenitora quiso congraciarse, aceptó el desafío y me condujo con doble turnete a lo de su peluquera, casi una mano derecha para mi mamá, hablo de la señora Esther. Yo creo que si a la señora Esther le decías peluquera te echaba a escobazos de su peluquería. Esther con hache era estilista y recientemente había llegado de un viaje por Paris, un viaje profesional y para probarlo, exhibía las fotografías de sus recorridos y participaciones en congresos de “color y permanente” en las europas. Mi madre no se cortaba con ayudantas, se cortaba con Esther, con quien nunca había tenido una decepción, así que desconté que mi cuero cabelludo estaría en buenas manos.

Bien. Digamos que cuando a la señora Esther le hablé de Bono, pensó que le estaba hablando de un asunto bancario o una golosina. No, no, le retruqué, Bono de iuchu. Me miró con cara de vaca empantanada, inclinó su cabeza y buscó contacto visual con mi madre. Luego de estos lásers volvió a mí, ya no insistí con el nombre porque para qué digamos, entonces intenté una esforzada descripción del peinado con palabras como: cresta -que señora esther derivó hacia las aves de corral- paradito, cortito pero no tanto y lacio pero no todo lacio igual. Imagínense que si ahora me cuesta describir el corte, cómo lo habré hecho a los doce añitos.

La señora Esther me cambió el corte mega power de Bonito por un savage “muy a la moda parisina” con el que lidié por todo el verano. Me acuerdo de que las cuadras que me distanciaron de mi hogar las corrí mientras le gritaba a mi mamá que su peluquera barrial era una asesina de cabellos. Para mi sorpresa el que abrió la puerta fue mi primo que me tiró un: no es para tanto. Así que no es para tanto, soñar con ser estrella de rock y encontrarte con que portas un look cuasi bailantero. En fin. El verano la remé como pude, con una casaca de otro rock star, bobby marley, como para confundir. Y el otoño me trajo un flequillín que valoré mucho y después el lacio lacio fue arreglando los desajustes.

Nunca más volví a confiar en una peluquera que se llamara Esther, en ninguna, y debo decir que desde esa experiencia me prometí buscar con cierto cuidado a quien confiaba mi zona capilar. Los que me conocen sabrán que yo soy fiel a la dentista, al ginecólogo y al peluquero. Y también sabrán que he perdido el hábito de describir cortes. Yo le confío al peluca y después que el peluca se inspire con mi melena profusa. Y en ese campo me la juego y me animo a que tijereteen sin problemas. Quizás porque en alguna neurona remota me quedaron asociados los cortes de pelo soñados con esa figura rebeldona, de un Bono jovencillo gritándole al mundo anglosajón how long must we sing this song, how long…

jueves, 5 de agosto de 2010

Día de la niña peronista


Sigo con mi revival infanto-bizarro, porque cuando a veces el presente nos ajetrea de lo lindo hace bien descansar sobre la infancia sublimada. Y en mi infancia, como en todas nuestras infancias, siempre hay un festejito del día del niño especial. De mis días de niña me acuerdo de dos momentos históricos: uno en el que mi tía Pocha me regaló un pianito con teclas de colores. Un piano chiquito pero groso, al que le armaba las patas con encastre. El pianito emitía sonidos secos, claros, contundentes. Y yo, que era una especie de Federica Chopin sin talento pero impune, le quemaba el balero a familiares y amigos sin inhibiciones.

El segundo día del niño que recuerdo patente-patente lo viví como niña peronista. Mi progenitora no me dio muchas opciones, vale decir, me informó que el día de la niña lo pasaríamos en la unidad básica barrial. Así que el plan era redondo: tenía que colaborar en tareas de militancia estandar como acarrear objetos de aquí para allá, seguir directivas de ocho personas a la vez y tratar de no perderme en el intento. Y además de esta militancia, tenía que pasarla bien y disfrutar mucho: porque es tu día chiquita, tu día especiallll lalala. Bien.

La noticia me cayó como se cae una tortuga de la mano de un niño despiadado que la deja caer una y otra vez: me pareció un embole, pero un embole inevitable. Sin embargo, como decía Pedro Navaja “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”. Al llegar al lugar de los hechos, las cosas empezaron a tomar otro color. Primera cuestión, cuando una se vuelve una “colaboradora” de un evento –ya sea de un evento masivo y power o de una choripaneada casera para ocho personas- la sensación que se tiene es que una se convierte en alguien importante. Digamos que esto puede ser verdadero o falso, no importa como dicen los psicolocos, lo clave es lo que uno se cree.

Así que la pequeña peronista se deslizaba con pechete inflado de la calle cortada al bolichón básico, de la trastienda del bolichón básico a la calle cortada. Con soltura, con disposición al acarrear cotillón, chucherías y demases. Hasta que en una vuelta de militancia, descubrí al payaso, que no era otro que un muchacho de la juventud peronista, una especie de Bombita Rodríguez ochentoso, con rulos violentos negros, pero con un disfraz de payaso muy bien confeccionado, con un maquillaje que hasta el cirque du soleil te lo envidiaba y sobre todo, con muchísima gracia. Y me quedé, y me senté al lado de mis pares pequeños peronistas. Me quedé, absorta, capturadísima con el títere que manejaba. Me morí con cada chascarrillo artesanal y después, ya que estaba, te participé en la seguidilla de juegos caseros, en la carrera de embolsados, el juego de la papa, el baile de las estatuas. Todos juegos bien baratos y bien peronistas. Y seguramente ese regalete que me dieron los muchachos de la juventud peronista me pareció recontra groso y cuando ya no podía más del cansancio me acurruqué, como casi siempre lo hacía, en algún sillón de la básica unidad básica y dormité. Sabiendo que es groso ser niña, que el día del niño más allá de las avivadas comerciales, sigue siendo un día mega-power y que está bien que todos los niñetes puedan festejarlo. Así que después de miles de décadas, gracias muchachos peronistas de los ochenta por esa tarde fría y bizarra.

sábado, 3 de julio de 2010

La Michael


El otro día un sonido se filtró de repente. Tán tan tan tán, tan tan tán tán. Y ese sonido me llevó directamente, como si estuviera cayendo de una barranca, a mi infancia. Mientras las niñas querían ser Madonna en like a virgen, yo quería tener el mismo peinado que Bono en Sunday bloody Sunday y bailar como Michael. Extraño combo, piensan … puede ser.

Volvamos al tan. El “tan” tan contundente era el de Michael en Thriller, épocas en las que Michael o Maikol, como se decía en estos pagos, era semidios. Un sábado promediando el mediodía le avisé a mi mamá que en unas dos horas tenía una fiesta de disfraces. Tengamos en cuenta lo siguiente: antes, y no quiero ser viejachota, las niñitas no tenían en su hogar un guardarropas con catorce disfraces de princesas para elegir. Además, mi madre lo planifica todo con una antelación de siete días –incluidas siestas y piscolabis-, entonces, mi noticia digamos que cayó cual chaparrón.

Ante la información, la mujer miró a los alrededores buscando una soga, media idea, la aparición mágica de un hada con un disfraz en las manos, algún rostro para hacer contacto visual, pero nada, apenas la tele prendida. Y ahí lo vio, y supongo que me recordó practicando el baile lunar una y otra vez con mis zapaticos negros acharolados en la baldosa marrón del jardín de invierno, y volvió a ver al aparato y me imagino que se preguntó: cómo hostias hacemos para convertir a una criaturita de pelo lacio-ultra lacio y una palidez importante –mayor claro a la actual- en un muchachote de tez todavía oscureli, que se caracterizaba por unos rulos bravos. A veces para las madres no hay límites ni prohibiciones. Esto es así por definición real. Así que la mujer me espetó un: hoy vos vas a ser laMichael y sanseacabó.

No se almorzó, todo el núcleo familiar, mascota incluida, se dedicó al cambio de imagen, al fashion emergency. En los preparativos se remodeló una camisita de granadero de algún familiar remoto en la casaca roja del astro pop, se ambientó alguna joggineta en chupín negro, se calentaron 18 corchos para lograr el cambio racial, la abuela entregó su buclera de hierro y, entre mate y mate, se despachó con mi ultra lacio. El toque final estuvo a cargo de unos ray ban negros que fueron prácticamente amputados de las manos de mi hermano mientras me decía: son originales, son originales.

Mi hermano me condujo al evento. Los conductores de autos ochentosos que miraban de reojo al taunus celeste y me descubrían ahí, se sorprendían. Mis amigas también fueron pura sorpresa. En la fiesta había princesita 1, princesita 2, conejito 3, caperucita 4 y creo, algún fantasmín. Y de repente apareció laMichael –te hablo en tercera persona como eldiego y lasole- con frente alta, el acharolado lustrado y los bucles impecables.
Desde tres de la tarde hasta bien entrada la nochecita, la vida fue ultra pop. Y aquel patio de zona norte se convirtió por nuestro arte de magia en el cementerio y las princesitas de cuento devinieron zombies. Y pasamos una y otra vez la coreo de Thriller. Hasta perfeccionarla, hasta que el cassete prácticamente nos pidió piedad y los timbrazos de los progenitores nos devolvieron a los hogares infantiles. Así que, viva el rey, el verdadero verdadero rey michael.